viernes, 5 de agosto de 2016

La difícil vida fácil



 El título de mi entrada coincide con el de un libro, aparecido en marzo de este año, de Iván Zaro, trabajador social especializado profesionalmente en los trabajadores masculinos del sexo y en personas con VIH. Publicado por Punto de Vista Editores, ya va por la segunda edición. En él se hace un retrato de un mundo aparentemente invisible, el de la prostitución masculina, a través de los testimonios de varios trabajadores del sexo. 

 Y este libro ha hecho aflorar en mí recuerdos de un pasado muy remoto, que me gustaría compartir desde este blog. Se remonta a las postrimerías de 1989 y continúa durante varios años más.

 La primera persona de la que me enamoré, de forma consciente, fue del camarero de un pub de Alicante, Pepe se llamaba. Por muchos motivos, fue una persona muy especial para todos aquéllos que le conocimos. 

 Su historia es digna de haber aparecido entre los relatos del libro, pero los que aparecen en él son confesiones e historias realizadas en primera persona, así que no podía ser, ya que Pepe murió hace mucho, en 1994, con veintinueve años.

 Yo conozco algo de esa historia y, como muchas de las del libro, parten de situaciones feas, de familias desestructuradas, de penurias económicas. Hijo de padre desconocido y madre prostituta, a los quince años su madre le echó de casa al descubrir su homosexualidad. En esas circunstancias, no se le ocurrió otra cosa que seguir los pasos de su progenitora para ganarse la vida. Por lo que me contó, decidió hacerlo travestido y poco a poco fue haciéndose mujer, implantándose mamas y tomando hormonas femeninas. De esta manera se libró de la mili, por cierto. Poco más puedo contar de aquella etapa.

 Contaba veinticuatro años cuando nos encontramos por primera vez, al igual que yo (bueno, me faltaban algunos meses para cumplirlos). Y ya no era una mujer, se había quitado los implantes mamarios y se hormonaba de nuevo, pero para masculinizarse; únicamente le quedaba de aquella época los pómulos que también se puso, que le sentaban muy bien. Tenía pareja y un trabajo como camarero, había abandonado la prostitución. 

 Pero la vida tiende a joderse de vez en cuando y el cómo afrontar los vaivenes del destino muchas veces depende de las experiencias previas. El pub no funcionó y lleno de deudas y con peleas continuas con su pareja, decidió volver a prostituirse, junto a una amiga/amante que conoció en el pub, como a mí. Así nacieron Marcos y Laura, en 1990.

 Residían y recibían en un discreto piso de alquiler de Rabasa. Más de una vez me tocó esconderme precipitadamente en la cocina, ante la llegada de uno o varios clientes, así como ayudar a hacer la cama a toda prisa e incluso a atender una vez una llamada dirigida a Marcos, porque él no se encontraba en el piso. Ahora lo recuerdo con una sonrisa, pero pasé un trago difícil: “Hola, soy rubio, ojos azules, dulce…”

 Muchas veces se asocia la prostitución con las drogas. No siempre es así, pero en este caso sí. Fuera por ellas, fuera por el sexo, Pepe contrajo VIH. Abandonó la prostitución al conocer a un chico de Valencia, con el que pasó sus últimos años. 

 Este fue mi primer y único contacto directo en el terreno de la prostitución. Luego he conocido gente que me ha contado más historias, pero yo ya nada tuve que ver en ellas. Gente que trabajaba en un piso de contactos con varios chicos, otros en la calle travestidos (por cierto, alguno de ellos licenciado y abandonando un trabajo más cómodo pero menos rentable), chicos que le sacan el dinero a un enamorado para gastárselo luego en mujeres y drogas… 

 Desde entonces, no juzgo a nadie. Las circunstancias de cada uno le impulsan a hacer lo que en ese momento consideran mejor. La doble moral de la sociedad no permite la regularización de la prostitución como un trabajo más, lo que les supondría beneficios a la hora de cobrar pensión, de asistencia sanitaria, de seguridad... El que más va de putas o chaperos luego más se confiesa en misa o los pone a parir en conversaciones. Vivimos en una sociedad hipócrita. 

 Libros como La difícil vida fácil, de Iván Zaro, visibilizan unas situaciones que la sociedad no conoce o no quiere conocer. Por eso la importancia de esta obra, a todas luces recomendable, tanto desde su perspectiva sociológica como humana.