
Con la inocencia de los niños no se juega.
Por motivaciones religiosas, se suelen cometer muchas inconveniencias con los niños. Dejando aparte atrocidades como la ablación de clítoris o las bodas obligatorias con adultos, quiero referirme principalmente a las cometidas por la religión católica. Me explico.
Ayer domingo estuve en una doble ceremonia religiosa, comunión y bautizo de dos hermanas. No comprendo la razón de dar libertad a los padres de hacer ingresar en una religión a un recién nacido, cuando al crecer y querer ser borrado (apostatar), la Iglesia pone todos los impedimentos posibles. Por cierto, cuando el sacerdote echó el agua sobre la cabeza de la niña, el gesto de ésta fue de "espera a que crezca, que ya te acordarás". Y lo de la Primera Comunión, cuando el niño tiene siete u ocho años y todavía no tiene ni juicio suficiente ni capacidad de decisión, tampoco lo entiendo. Los niños a esa edad, como mucho, están deseosos de que les monten una fiesta y recibir regalos. Pero a eso me apunto hasta yo.
No digo que los padres no eduquen a sus hijos dentro de su fe, por supuesto. Lo que me parecería adecuado es que el niño no ingresara en esa fe hasta ser mayor y tener las cosas claras. Pero bueno, así está la sociedad perfilada desde hace demasiados años y me temo que los laicos no vamos a poder cambiarla. Las bodas por la iglesia me parecen otra cosa, ya que ambos contrayentes sí disponen de juicio suficiente para decidir por ellos mismos (aunque a veces el peso de la tradición familiar pesa mucho más).
Pero ya el horror absoluto viene con el sarao de después. Las comuniones se han convertido en mini-bodas, dejando la economía familiar tocada y a veces hasta hundida (recurriendo a préstamos próximos a la usura). Trajes carísimos, reportaje fotográfico y de vídeo, restaurante a ¡50 euros! el cubierto, únicamente para que los padres saquen barriga y poder presumir ante la familia/los amigos/el vecindario...
¿Crisis? ¿Qué crisis? Ayer el restaurante donde se celebró el ágape estaba a rebosar de distintas comuniones y el menú resultaba pantagruélico; con la fama de comiente que yo tengo (ganada a pulso), fui incapaz de ingerir tanta comida.
En fin, todo por la fiesta y el exceso, así somos los españoles y así nos va.